París me ofrece otra oportunidad, una llave muy distinta para estrenar
una nueva vida como si de un gato se tratara. Dejé atrás todo lo acontecido, un
laberinto donde se
perdían los sueños mostrando a la luz una cruda realidad. No tengo miedo del escenario tan diferente
a aquél, del cual procedo. Ya no me despierta el madrugar de un gallo que
recibe al nuevo día. En su lugar es una orquesta concertada entre gritos
apagados por el bullicio de la ciudad.
Las avenidas se abren ante mi mirada, la misma que se
pronuncia siempre al frente, sin mirar atrás, sin revolver en el pasado o en
los oscuros recuerdos. Montmartre se desnuda para mi arte, se deja acariciar por
el pastel de mis pinturas. Así es como obtengo mi lugar en esta pequeña plaza
de los artistas. He descubierto que otros antes que yo también apostaron por
esta vida, por este logro de labrarse un camino de losas amarillas hasta su
propia paz.
La fama es efímera, pero el placer de realizarse entre el
arte y los sueños solo lo reconoce el corazón nómada y bohemio.
Como el turrón que cada año regresa por Navidad, así llegó
la invitación de Dulce. Me pilló en un viaje relámpago a la nieve. Este año
quise celebrarlo dejándome llevar por un paisaje totalmente distinto. Pero…
¿Quién puede resistirse al último baile en el Castillo Violeta? Yo no. Recogí mi pesado equipaje disponiéndome a disfrutar de la última noche
del año junto a mis amigas de bailes anteriores, y junto a este anfitrión tan
encantador. Además, esta vez hay un nuevo juego, una llave, un lugar… no se
puede pedir más.
Tras agradecer el detalle de su invitación me dispongo a
bucear dentro de mi vestidor, todo lo lanzo sobre la cama y nada de lo que hay
me gusta. El viaje se llevó una buena pasta, nada de compras. Bueno, hay
quien lo consulta con la almohada, mis dudas las resuelvo escalando montes.
Tras llanear un buen trecho y escalar otro tanto, encuentro la cima y la
solución.
Me vuelvo para casa como un relámpago. Escojo prendas
fresquitas: un pantalón vaporoso, una camiseta con sus tirantes, hay
transparencias que dejan ver la ropa interior, y el momento lo requiere, ¿No? El
abrigo que todo lo tapa es imprescindible para no revelar nada antes de llegar
al lugar.
Y allí está él. Tan apuesto que un suspiro se me escapa.
¡Ay!
Me da dos besazos, se los devuelvo, con la máscara no sé si
me guiña un ojo. Por si acaso, que no se diga, yo también lo hago. Me invita al
interior presentándome una mesa con diversos sobres, los cuales contienen una
llave. Mirando hacia el salón descubro que, si no he llegado la última me ha
faltado poco, ese es el detalle que me lleva a elegir el sobre donde reza: “la
última puerta”.
Percibo que no he llegado a tiempo para bailar con el
anfitrión, otra vez será. Los canapés y una copita de licor me acompañan hacia
mi aventura. ¿Subo o desciendo? Este castillo es un misterio. Siendo la última
puerta me decido por subir hasta la última planta. Menos mal que este año mi
indumentaria me acompaña, bueno, los tacones no mucho, pero si me los quito
antes de ascender por la larga escalera y me los pongo cuando llegue, nadie lo
sabrá. Shsssss.
Allí está la buscada puerta, ya la veo frente a mí.
Introduzco la llave con sigilo. No me quito la máscara, no quiero que me
reconozcan. Para mi sorpresa todo está sumido en una penumbra
malva dando una sensación de relax. Tras el tumulto que hay abajo se agradece
cierto espacio. No estoy sola, una sombra se dibuja sentada en un sillón.
Pregunto por su nombre y la voz de hombre solo responde: “Soy Yo” Cuando
intento presentarme, es él quien revela mi nombre. Que me haya reconocido no me
resulta ni halagador ni tranquilizador, porque ese Soy Yo no me inspira mucha confianza, puede ser cualquiera.
Espera, eres Tú!, ahora caigo en que no hay
otra presencia masculina en toda la fiesta.
Se levanta tendiéndome la mano. Mano que yo acepto. Acercándonos
mutuamente y de manera repentina una música empieza a sonar para el baile.
Estamos en la terraza. Es de esperar al ser la última puerta. Mientras nos
miramos solo pienso que es el momento perfecto para empezar un Nuevo Año. Yo creyendo que no llegaría mi turno de bailar con el anfitrión.
El sol nace a los lejos, es muy tarde o muy temprano, según
se mire. Hay una mesita preparada, en ella un desayuno nos espera. Un humeante
café roza mis labios cuando de repente él susurra:
“Cuéntame una historia, Auro,
una donde estemos tú y yo”
Como cada día, Alina busca un refugio donde dejar caer sus
huesos y el sueño de una vida tranquila. Se cuela en las distintas viviendas
que, con su puerta abierta, dejan una invitación al interior. Comprueba que no
siempre es bien recibida pese a la señal de bienvenida que un felpudo deja a la
entrada de cada casa.
Con la resignación instalada en sus bigotes por el cierre de
todas las puertas, alza su carita al cielo donde una nueva visión le llena las
pupilas de esperanza. Y es que dicen que cuando una puerta se cierra se abre
una ventana, o tal vez del portazo se abren mil… o lo que sea que fuese, ahí
está esa oportunidad que le grita que salte dentro.
Trepar por el árbol no le causa tanta sorpresa como el
encuentro con la joven que la mira con curiosidad renovada. Las lágrimas de sus
ojos delatan cierto malestar que Alina interpreta como tristeza. Aun así, la
joven sonríe y le habla en un tono sereno que a ella le hace ronronear de
gratitud.
Alina no comprende ciertos actos de los humanos, aun
teniendo su sexto sentido revelador de las emociones que estos padecen.
Descubre que sus gracias hacen reír a la joven, que las lágrimas han
desaparecido y que cada mimo que profesa es recibido con grititos de alegría.
Desconoce si puede quedarse a vivir en ese ambiente tan acogedor.
Se declara equivocada al estar buscando un hogar cuando lo bonito es encontrar
los brazos adecuados. Toma la decisión de visitarla a diario para robarle, al
menos, una sonrisa.
Durante el mes de octubre y parte de noviembre participé en un concurso sobre las costumbres y tradiciones. Traje al presente un episodio de mi infancia, con ello quise rendir homenaje a mis seres queridos, a mi abuela que tanto me enseñó y todavía echo de menos.
Mariposas de Luz es el relato representante de las costumbres y tradiciones de 2022 en Grupobúho tras ganar el mayor número de "me gusta" del evento con su publicación.
La Magdalena penitente de Georges de la Tour, óleo sobre lienzo 1644
Mariposas de Luz
He crecido en un pueblo muy pequeño donde las tradiciones y las costumbres están muy arraigadas. Contrario a lo que se cree, no guardo algo significativo de aquella época por estas fechas.
Noche de mesa camilla frente al televisor donde un Juan Tenorio declamaba su amor a doña Inés. El olor a mandarina llenaba no solo la habitación, también las manos infantiles y más tarde adolescentes, que dejaron al Tenorio por un absurdo disfraz de Halloween. He de confesar que he vuelto a sus versos y me encuentro entre sus admiradoras secretas.
Recuerdo la voz de mi abuela, contándonos alguna historia sobre las ánimas que regresaban esa noche al mundo de los vivos. Decía que suelen acostarse en la cama que hubiera vacía o en su defecto a tu lado.
Por aquél tiempo yo dormía con mi hermana, y el temor a la presencia no me preocupaba. Aunque me declaro temerosa de las sombras que las mariposas* dibujaban en el techo. Era un espectáculo hipnótico que poco a poco me inducía al sueño. Reconozco que las pesadillas nunca se presentaron, pese a que mi abuela nos aseguraba que el abuelo había estado entre nosotras un año más.
Al día siguiente, yo pasaba revista a todas las camas de la casa buscando algún indicio certero. Solo me quedaba creer en su palabra e inocentemente miraba a las mariposas dando las gracias por haber iluminado su camino.
Ahora que el tiempo me ha convertido en la adulta que soy, rescato con cariño el recuerdo de aquella tradición austera. Los tiempos cambian y nos dejan una fiesta que nunca nos perteneció, pero sigo escuchando a don Juan entre efluvios de mandarina y sombras en mi salón. Queda una cama vacía donde espero recibir a mis seres queridos.
El noticiero insiste en mermar mi ánimo para salir con cara
deprimida y no pintar con carmín o sin él una sonrisa
al lunes. Lunes, luna, lunera… y ¡qué bonita cuando está llena! Así lo
invento para mí, para que parezca más simpático este día. Ya no solo este día,
cada día de la semana tiene una procedencia curiosa, que no voy a relatar para
no ser pedante ni pesada. Pero mi meta es llegar al finde con la sonrisa imperturbable.
Es por eso que me hago acompañar de gente divertida, evito a
los malhumorados y malhumoradas de mi entorno, estos quieren que sea lunes todo
el año. Para llevarles la contraria me calzo mis cuñas
de colores bajo la lluvia de sus comentarios.
Visito algunas lecturas que
hacen posible que me mantenga en ese estado zen conmigo misma, siendo
consciente de que muchas veces me cuesta seguir mi propia línea marcada. Aun
así, no desisto de mi pensamiento y continúo con mi objetivo de que nada ni
nadie me intoxique. Si es preciso ignorar bajo un canto
desentonado o un baile mal parado, no dudo en echarme a la pista de mi
salón y empezar a graznar.
Sé que un café es la excusa perfecta para un paréntesis, me
encanta abusar de él para disfrutar entre familiares y amigos. Es el momento
perfecto para hacer planes y organizar el mundo. Hasta de aprender idiomas… ya voy por el A2 en lengua de
signos, porque es una lengua digan lo que digan. ¡Todo lo que da de sí este
tipo de reuniones!
En definitiva, sonrío a la
adversidad porque dicen que cuando sonríes a la vida, esta te devuelve la
sonrisa. Agradezco lo bueno que me ocurre,
atesorándolo como pequeñas cápsulas de vitamina, como esas personitas que tengo
a mi alrededor. Intento que aquello que no sirve no me
llegue y si lo hace, no alimentarlo con pensamientos y dichos negativos.
Soy funambulista echando pulsos a mi propio equilibrio,
no siempre gano, pero lo intento.
Al nuevo inquilino de
la puerta de enfrente le han regalado un saxofón. Hasta hace una semana no
se escuchaba nada durante la noche. Cuando regresaba de mi turno, solo se oían las sirenas cruzando la ciudad. Ahora es diferente, todo eso queda atrás en el momento en el cual me adentro en casa. Sin encender la luz, me dirijo hacia el dormitorio, todo
él se ilumina con el resplandor del suyo. No lo he dicho, pero nuestras habitaciones
están conectadas. Intuyo que toca para mí, pese a la oscuridad siente mi
presencia y mientras yo me envuelvo en su música, él se crece en su escenario.