A mí me parecen manchas de rotulador. Ella dirá que son lunares,
planetas naciendo en su espalda. Sinceramente, es como si una tribu de niños de
preescolar la hubieran asaltado en plena siesta dando rienda suelta a su
imaginación. Palabras que tuve que tragarme unos días más tarde cuando mi jefe
de diagnóstico me hizo unir los puntos azules y comprobar que solo era un
tatuaje donde se podía leer la palabra AMOR.
En el congelador hay
Manolo para rato. Parece que esta frase causó sensación entre los
invitados. De repente empezaron a murmurar y a mirarse unos a otros con recelo.
Yo, principalmente quería salir corriendo. Me imaginaba un fiambre en el arcón
del sótano. Quise improvisar una excusa para escapar de aquella reunión. Una
mano me sujetó justo en ese momento junto a una dulce voz que me reveló que el
tal Manolo, solo era el pavo para la cena.
Tengo que cocinar un
poco peor o lo arruinaré todo. Dicen que el segundo cerebro es el estómago,
no tengo duda cuando miro a los ojos de Juan, cada vez que le invito a cenar.
Ya no sé si siente más devoción por mis platos o por mí, pero como lo uno va
unido a lo otro es hora de empezar a cambiar. Esta noche con un macchicken veré
qué tan grande es su amor.
Ahora golpearé la
tumba con los nudillos… Haré como entonces. En NocheBuena tocaba a su
puerta antes de empezar a entonar el villancico de turno. Ella sonreía con
magnificencia uniéndose a mis cánticos desentonados, la cubría con un gorro
navideño y la cena transcurría entre los mares del recuerdo. Ahora que todo eso
pasó, me quedo frente a su lápida e intento imitar el ayer, pero las lágrimas
no ayudan.
La propia tarjeta trae su toque de Magia, el color que la viste,
el aroma que desprende. A todo el conjunto hay que añadir de quien proviene. Miro
a los ojos del mensajero y con decisión tomo la invitación y el reto. A mi
mente llegan imágenes de una historia que leí hace años: “El abanico de seda”
Elijo uno igual que el de la protagonista y entre las varillas de madera
escribo unos versos destinados al anfitrión, solo él sabrá que están ahí. Sé
que me salgo del guion, pero esta es mi historia.
Un kimono con motivos de lavandas es mi atuendo. Reconozco
que no es el mejor traje para un Baile de Salón. El mismo Obi ya es un
impedimento para cualquier acercamiento. Mi pasito es muy corto dentro de los
Okobo, necesito grandes dosis de equilibrio, eso requiere tener un buen apoyo,
vuelvo a pensar en el anfitrión o más bien en su mano. No sé si aguantaré toda
la noche, pero siempre queda la opción de convertir lo tradicional en algo
cómodo y a la vez sexy.
Me recibe con suma elegancia y yo respondo con una
inclinación de cabeza. Los adornos de mi pelo acompañan al gesto y parece que
celebran tal recibimiento. Le hago un ligero guiño con el abanico dejándole al descubierto
el comienzo de un verso. Su mirada de expectación tras su bonita máscara me
dice que he captado su atención.
·Querida Auro, he podido apreciar mi nombre entre
esos versos. ¿No es así?
·Ha acertado, Querido Mío. Tal vez durante un
baile le revele el resto del contenido.
·No debemos demorar más. Comencemos con este Vals
que ahora mismo suena.
·No sea presuroso, y esperemos a la media noche… Disfrute
con el resto de las Damas y no olvide que aquí estaré para el final de las
campanadas.
Guardo mi sonrisa pícara tras el abanico, mientras su cabeza
se inclina levemente en un intento de rescatar alguna que otra palabra más.
Le veo bailar con todas las Damas del Salón. A cuál más
bella, sin ninguna duda. Hasta le veo perderse en más de una ocasión.
Apuesto por su curiosidad y espero hasta la hora de la cita.
Tras mi máscara le veo llegar radiante y puntual para conocer lo que el abanico
guarda solo para Él.
Una balda combada preña la tarde de recuerdos. En una
esquina una pila de apuntes con mano infantil y letra impúber reclama un orden
o un destino incierto. En el centro, un casteller de libros de texto amenazan con
precipitarse con toda la historia y estampar ciertas patologías al vacío.
Libretas, bloc, folios… y de pronto, ahí están, corazones de carbón con dos
nombres que duraron lo que una vuelta de moto duró, de nada sirvió que una
flecha lo atravesara con amor eterno.
El pasado se posa en forma de partículas de polvo, se mezcla
con el presente de mis dedos, un toque adulto que regresa al ayer. Descubro, perdida entre las hojas de un diario, una declaración de amor con su banda sonora
y una cadenita que sella lo platónico de un sentimiento. En aquél tiempo mis
rizos alocados y yo solo buscábamos ser vuelo libre.
De nuevo otro nombre y otro corazón, una sonrisa acude a mis
labios, mis ojos se achican por el recuerdo de antaño. Niños, chicos… hoy
hombres que tienen su vida como yo.
Todo lo aprendido va quedando en el fondo de una bolsa, todo
lo amado, lo despreciado… dormirá en un sucio contenedor. En la mente queda
impoluto cada uno de mis recuerdos.
La leja vacía me mira con condescendencia, no logro que
recupere su forma. Creo que todavía guarda el peso del ayer.