Una balda combada preña la tarde de recuerdos. En una
esquina una pila de apuntes con mano infantil y letra impúber reclama un orden
o un destino incierto. En el centro, un casteller de libros de texto amenazan con
precipitarse con toda la historia y estampar ciertas patologías al vacío.
Libretas, bloc, folios… y de pronto, ahí están, corazones de carbón con dos
nombres que duraron lo que una vuelta de moto duró, de nada sirvió que una
flecha lo atravesara con amor eterno.
El pasado se posa en forma de partículas de polvo, se mezcla
con el presente de mis dedos, un toque adulto que regresa al ayer. Descubro, perdida entre las hojas de un diario, una declaración de amor con su banda sonora
y una cadenita que sella lo platónico de un sentimiento. En aquél tiempo mis
rizos alocados y yo solo buscábamos ser vuelo libre.
De nuevo otro nombre y otro corazón, una sonrisa acude a mis
labios, mis ojos se achican por el recuerdo de antaño. Niños, chicos… hoy
hombres que tienen su vida como yo.
Todo lo aprendido va quedando en el fondo de una bolsa, todo
lo amado, lo despreciado… dormirá en un sucio contenedor. En la mente queda
impoluto cada uno de mis recuerdos.
La leja vacía me mira con condescendencia, no logro que
recupere su forma. Creo que todavía guarda el peso del ayer.