A lo lejos se oye el sonido de un saxo que unido a la
madrugada despierta la sensación de querer paralizar el tiempo. Doy mi último
trago de agua antes de volver a la cama donde me espera la tibieza de tu
cuerpo. Me arrebujo junto a él y sigo escuchando esa melodía.
Te haces el dormido, lo sé, puedo percibir tu respiración
semi-agitada, el dulce vaivén de tu pecho bajo mi mano, hasta puedo sentir cómo
se eriza tu piel cuando notas el calor de la mía. Son estos los momentos donde
empiezo a creer en la danza de la vida, la conjugación perfecta donde todos los
acontecimientos se enzarzan para crear nuestro propio Universo.
Te sorprendo mirándome de reojo, ya te dije que no era buena
idea alquilar una habitación frente a un cartel luminoso, que delataría cada
movimiento nuestro. Adoré tu risa cuando dijiste que no asistir a nuestro
propio encuentro sería un puro despropósito. Que lo nuestro nada tiene que ver
con el título de esa película “los
muertos no dan besos”, y así lo ibas a demostrar.
El eco de ese recuerdo acabó por delatar este insomnio que
tan bien conoces, al igual que cada sensación que despiertas cuando me
acaricias y yo me expreso como una gata que pide y exige ese toque mágico que me
eleva como una nota hacia la noche.
Y no hay más desvaríos ante esta realidad que nos revela tu
cuerpo y el mío. De esta viveza que se apodera de los deseos hambrientos. No
conozco otra manera de aplacar esta hambruna que nos asola cuando nos miramos
fijamente y empezamos a comprender el guion que viene a continuación. La
reflexión del erotismo bajo el influjo de estas cuatro paredes.
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