Lo había presenciado infinitas veces, pero en esta ocasión
sería ella la que administrara el tratamiento al paciente con número de expediente 0666G.
Leyó su nombre en la hoja del historial y un escalofrío le erizó la nuca. Ese
nombre, sin decirle nada, le provocó toda la inquietud que ningún otro residente
logró desencadenar en ella.
Entró en la sala cuando Gustab, que así se llamaba, ya
estaba preparado para comenzar con aquél experimento. Antes de proceder la
avisaron de que no le mirara a los ojos. La mirada de un esquizofrénico
paranoide puede despertar múltiples sensaciones, una de ellas, pánico. La
blancura del lugar envolvió a todos cuantos allí se reunieron, pero solo ella
sintió el abismo.
Ignoró toda advertencia, administró la inyección
sosteniéndole la mirada. Registró cada estímulo que reflejaba el paciente. Éste convulsionaba a la vez que
mantenía la suya fija en la de ella. No había súplica en el gesto, se diría que
experimentaba una placentera sensación. Estaba convencida de que este medicamento de choque sería el adecuado a su diagnóstico.
Dejó de convulsionar, solo fue un momento en el cual
aprovechó para cerrar los ojos, sin ningún otro movimiento le reveló su nombre de
pila y su fecha de nacimiento: Mariam, 1912.
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